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Caos

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1 Caos el Dom Feb 12, 2012 12:16 pm

Daleksandr

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Este es el primer Oneshot que he escrito, por lo normal escribo son cuentos y novelas, y quise intentar, aunque me dan ganas de continuar la historia.

Spoiler:
Las gotas caían con cansancio desde un tenue firmamento, mientras que la mañana se aproximaba, luego de que hubiese llovido durante toda la noche en la mayor parte de la ciudad. El frío se movía junto con la brisa, esparciéndose entre las calles, en tanto que las personas daban signos de vida, saliendo de sus hogares, iniciando sus jornadas habituales. Los locales eran abiertos y el transito empezaba a congestionarse; todo parecía normal, incluso en la estación central de policía de la ciudad.

―¿Que esto? ―se preguntaba así mismo un joven policía, revisando uno de los computadores―. Que tontería ―decía al ver un correo electrónico, el cual registraba como desconocido a quien lo había enviado.
―¿Qué sucede Cornejo? ―le preguntó el subteniente de la estación, sorprendiendo al joven.
―Ha llegado un correo extraño, Señor ―contestó el patrullero mostrando el mensaje.
―¿Crimen número uno? ―leyó el subteniente confundido, el asunto del correo.
Aquel mensaje electrónico no tenía remitente, ni tenía escrito alguno; solo tenía el asunto y unas imágenes adjuntas. Las imágenes traían dibujos a blanco y negro, parecían ser páginas de alguna especie de comic; eran cuatro imágenes, cuatro páginas que mostraban en secuencia lo que parecía ser el secuestro de un grupo de jóvenes.
―¿Qué clase de broma es esto? ―preguntó con enojo el subteniente.
―No lo sé, Señor ―respondió de inmediato el patrullero Cornejo―. Simplemente lo abrí antes que usted se acercara
―Borre eso ―le ordenó el subteniente―. Es una estupidez.
―Pero Señor… ¿Y si es algo serio? —objetó el joven con prudencia.
—He dicho que lo borre —afirmó el subteniente y se alejó.
Pero el joven patrullero dudó en obedecer, y reenvió el mensaje a su correo personal antes de eliminarlo.
—Vayan alistándose —dijo el subteniente con voz fuerte para todos los que estaban entre los escritorios de la estación—. Pronto es el cambio de turno.

Afuera en las calles hacía frío; aunque ya no llovía y el cielo poco a poco se despejaba, quedaba el rastro del ambiente que había dominado durante la madrugada. Los estudiantes de los colegios y universidades atestaban los transportes públicos, dirigiéndose a sus instituciones, llenando las estaciones de buses y los parques de la ciudad, todos listos para otro día habitual de clases, todos menos los alumnos de once grado del colegio Oeste; para ellos este día se alejaba un poco de la rutina, porque no tendrían una clase normal en su salón, sino que estarían toda la mañana en el museo de arte; un plan demasiado aburrido, que solo se le ocurriría a su profesor de historia, y al cual no podrían escaparse sin una excusa válida.
—De acuerdo… ¿Cuántos faltan por llegar? —preguntaba Johan, el profesor de de aquel curso, en tanto que sus alumnos se reunían en el parqueadero del colegio.
—Va a faltar mucha gente profesor… Mejor no vayamos —renegaba una de las estudiantes.
—No es así —contestaba el docente—. Ustedes son veinte estudiantes, y solo ocho pudieron presentar una excusa válida… Lo que por sí, me parece exagerado.
—¿Qué clase de excusa presentaron? —preguntaba otro alumno.
—Eso no es problema de ustedes —respondía Johan—. Por ahora esperemos a que estemos los trece completos.
—Trece no es un buen número —decía otro alumno, recostándose al autobús que los llevaría.
—No digas tonterías Walter —le corregía una compañera—. No creo en supersticiones.
—Andrea… Sin discusiones por favor —decía el profesor, al tiempo que iban llegando más estudiantes—. Once, doce… ¿Catorce?
—Disculpe profesor —interrumpía uno de los jóvenes que acaba de llegar—. Al final si hemos podido venir.
—Sergio y Erick —les señalaba Johan con un lapicero, para luego contar a todos sus alumnos—. Con los hermanos Castro seríamos quince… Un buen número —decía para sí mismo.
—Estos tontos… Teniendo excusa y vienen —comentaba otro estudiante a sus amigos.
—Te he oído Javier —indicó Johan—. Eso no es ser tonto, es apreciar la enseñanza —decía mientras que se acercaba a la puerta del autobús—. Bien… Todos suban, en orden.

Los jóvenes subieron al autobús, algunos con desánimo, otros sin darle mayor importancia. Así partieron del colegio cuando aún no eran las siete de la mañana, internándose en las calles de aquella zona, dirigiéndose al centro de la ciudad, donde se ubicaba el museo.
—¿Hola? ¿Quién habla? —contestaba otra de las estudiantes su teléfono móvil, al tiempo que los demás hablaban y se distraían entre sí.
—Malena… Nada de celulares durante la clase —reprendía Johan a la chica.
—Pero profesor, es Marcela —objetaba la estudiante—. Dice que también puede ir a la excursión, pero que se le ha hecho tarde.
—Dile que ya hemos salido —respondía Johan.
—Dice que está por la primera avenida, que si podría recogerla ahí —insistía Malena, intentando convencer a su profesor.
—Dile… —Johan lo pensó un instante—. Dile que está bien… Que nos espere en el paradero de esa avenida.
El autobús dobló en una esquina y bajó una calle, dirigiéndose a donde se encontraba la estudiante; desde unos metros de distancia, el profesor pudo verle en el paradero esperando y se acercó a la puerta para recibirla.
Al parar y abrirse la puerta, la joven intentó subirse, pero cuando aún lo hacía, dos sujetos corrieron saliendo detrás de una camioneta que estaba parqueada y le sorprendieron, a ella y a todos. Los dos hombres estaban vestidos de negro, con guantes, botas y overoles de motociclista, llevando sus rostros ocultos por pasamontañas negros, con calaveras blancas dibujadas en su parte frontal.
Le forzaron a entrar y subieron al autobús con ella, apuntándole con pistolas; el conductor quedó inmóvil al igual que el profesor, en tanto que varios de los estudiantes intentaban gritar.
—¡Silencio! —Gritó uno de los delincuentes—. Ya no iremos al museo profesor… Haremos que la clase sea más interesante —decía apuntando a Johan con su arma, mientras que Marcela era amenazada por el otro sujeto.
—Rápido inútil —empujó el segundo delincuente a la joven y la tiró contra uno de los asientos, para luego llevar su arma sobre el chofer—. Acelera… Llévanos al sur de la ciudad.

En la estación central de policía, llegaba la hora de cambio de turno y los oficiales que habían estado trabajando en la noche, se alistaban para dejar la estación, a la vez que los nuevos policías iban llegando.
—Arturo —decía Cornejo, hablándole a uno de los oficiales que había llegado.
—¿Qué sucede? —preguntaba Arturo con curiosidad, acercándose al computador.
—Esta mañana llegó este mensaje, al correo de la estación —decía Juan Carlos Cornejo mostrándole el correo que se había reenviado—. Lo guardé aunque el subteniente había ordenado que lo borrara.
—¿Por qué lo guardaste? —volvía a preguntar Arturo, mirando las páginas del supuesto comic.
—Porque no es algo normal —explicaba Juan Carlos—. Y pienso que pueden estar llegando más como ese.
—¿Y qué quieres que yo haga? ¿Qué los guarde? —Arturo se llenaba de más dudas.
—Reenvíamelos… Y trata de que el subteniente entienda —contestaba Juan Carlos con sensatez—. Si es algo serio y malo… Podríamos evitar alguna tragedia.

Mientras que el reloj pasaba de las siete y terminaba el cambió de guardia en aquella estación de policía, el autobús secuestrado atravesaba las avenidas de la ciudad a gran velocidad, evitando las calles con tráfico y alejándose del centro, llegando al sur de la ciudad, donde se encontraba la zona industrial.
—Cruce por la siguiente calle —indicaba uno de los delincuentes, sin dejar de apuntarle al chofer—. Y sigua derecho… Hasta llegar a las últimas fabricas de este lado.
La zona industrial quedaba lejos de las zonas comerciales y residenciales, además de que solo había fábricas y el ambiente se colmaba de ruidos hidráulicos y mecánicos.
Los estudiantes miraban por las ventanas con ansiedad, esperando que alguien les viera, pero la hora de entrada en las fabricas ya había pasado y las calles estaban casi desiertas, aparte de que la velocidad que el bus llevaba, impedía que se viera con facilidad lo había en su interior.
—Baje la velocidad —dijo el bandido que apuntaba al chofer, en tanto que el otro amenazaba y vigilaba al profesor y a los estudiantes—. Entre en ese portón que está abierto.
El autobús desaceleró y el chofer maniobró el volante, adentrándose en el garaje que le habían indicado. Al detenerse el bus, el primer delincuente abrió la puerta y bajó, caminando hacia la puerta, para cerrar el portón.
—No quiero que intenten nada —decía su cómplice a todos—. Solo bajen y dejen todas sus cosas en el bus… Celulares y bolsos.
Los jóvenes, el chofer y el profesor bajaron despacio del vehículo, con miedo, sin poder creer lo que les estaba pasando; las chicas estaban muy asustadas, algunas a punto de llorar, entre tanto que los muchachos no sabían qué hacer, si esperar y obedecer, o intentar algo para poder escapar.
—Esto no está bien —dijo el primer delincuente volviendo, tras haber trancado el portón, luego de que sus rehenes hubiesen bajado del bus—. Hay uno de más.
—Es verdad —contestó el otro—. Necesitamos un número par —mientras que las víctimas estaban agrupadas frente al vehículo, entre la entrada del garaje y el inicio de lo que parecía ser una fábrica de textiles.
—No importa —dijo el primero y disparó al azar a uno de los jóvenes, impactándole dos veces antes que cayera al suelo.
—¡Sergio! —gritó el hermano del joven, intentando acercársele, pero quedando inmóvil ante la amenaza del asesino.
—Resuelto… Ahora son dieciséis —sonrió el segundo secuestrador moviendo su arma frente a los sorprendidos estudiantes—. Ahora quiero que vacíen sus bolsillos… Todos.
Por unos segundos varios quedaron inmóviles y en silencio, pero ante las amenazas de los delincuentes, poco a poco todos fueron vaciando sus bolsillos. Carteras, audífonos, celulares; ninguno pudo quedarse con nada.
—Empecemos —continuó el otro, el que había disparado, saliendo del garaje—. Sigan a este lado… Ocho y ocho —dijo mostrándoles las entradas a dos cuartos conjuntos.
Los delincuentes separaron a sus rehén en dos grupos y les obligaron a entrar a dos cuartos que estaban casi vacios. Los dos adultos, el profesor y el chofer quedaron separados, cada uno en un cuarto junto a siete estudiantes; todos estaban confundidos y llenos de miedo, primeramente por la forma como habían matado a uno de ellos al azar, y segundo, porque al entrar a cada cuarto solo vieron una pequeña mesa de manera y sobre ella dos grandes cuchillos ensartados.
—La mecánica de esta clase, es simple —decían los delincuentes al tiempo, cada uno a uno de los dos grupos, parados a la entrada de cada cuarto—. No hay reglas, pueden hacer lo que quieran… Pero solo abriremos los cuartos, cuando en cada uno solo haya dos personas con vida.
—¿Qué ha dicho?... ¿Están locos?... No puede ser —decían todos entre sí, sin poder entender lo que pasaba.
—¡Silencio! —Gritó el primero de los delincuentes—. Por favor… Inspírennos —dijo con elocuencia y ambos cerraron los cuartos.
—Que empiece el manga —dijo sonriendo el otro a su compañero, quedándose frente a la puerta, en tanto que adentro sus dieciséis rehenes sentían que se les acababa el mundo.

—Cornejo tenía razón —decía el oficial Arturo, al ver que había llegado otro mensaje al correo de la estación.
Este segundo mensaje tenía en su asunto las mismas palabras que el anterior y aunque tampoco tenía letras en su interior, este tenía seis imágenes adjuntas.
—¿Qué? —veía Arturo las páginas del comic, las cuales continuaban la secuencia de las cuatro anteriores.
En las páginas se veía, una calle y anchos pero pequeños edificios y un autobús escolar varado en una especie de garaje. Ocho personas atrapadas en algún cuarto y otras ocho en otro diferente, y después mucha sangre, muchos cuerpos tirados.
—Subteniente —Arturo corría a buscar a su superior—. Debe ver esto… Es aterrador.

En la fábrica, los catorce jóvenes y los dos adultos se veían perdidos ante la realidad que se les presentaba. Todos estaban confundidos, aún les era muy difícil creer que lo que estaban viviendo era real, aún les costaba encontrar una forma para reaccionar.
Sobre las mesas los cuchillos sobresalían ante sus miradas y en sus mentes se alcanzaba a contemplar el deseo de sobrevivir, ante el costo que fuera; cada uno pensaba en tomar uno de los cuchillos, pero ninguno se decidía, a todos les daba miedo y preferían esperar, dejando que los minutos se acumularan. En el cuarto derecho estaba Johan, junto con dos chicas y cinco muchachos, en el cuarto izquierdo estaba Cardozo, el chofer, junto a tres jóvenes y cuatro chicas.
—Tranquilos muchachos… No se desesperen —dijo el chofer aún sin moverse, estando muy cerca de la puerta, en el cuarto izquierdo.
—¿Qué no me desespere? —se le acercó Erick—. ¡¿Qué no me desespere?! —y le sujetó de su chaqueta, explotando en desespero—. ¡Mataron a mi hermano!
—¡Cálmate! —gritó el chofer y empujó al joven, para que le soltara—. Creo que no va a funcionar —dijo y caminó hacia la mesa para tomar los dos cuchillos.
—¿Qué está haciendo?- preguntó Marcela alterada.
—¿Por qué los ha tomado?... Déjelos ahí —le reclamó Javier.
—No —contestó Cardozo desafiante, con los cuchillos en sus manos—. No confío en ustedes.
—¿Y nosotros debemos confiar en usted? —preguntó Erick con rabia.
—¿Qué otra opción tienen? —dijo arrogante el chofer.
Así, en tanto que en el cuarto izquierdo la desconfianza había detonado de forma fulminante, en el cuarto derecho aún todo estaba en quietud; aunque esto no duraría mucho tiempo.
—Chicos… —intentó decir Johan.
—No diga nada profesor —le calló Walter, quien se había sentado en el suelo—. Cualquier palabra podría encender la mecha.
El profesor quedó pensativo, aquel joven tenía razón y decidió seguir su consejo, quedando en silencio de nuevo, mientras que sus alumnos intentaban desviar sus miradas, algunos viendo hacia el techo o hacia el suelo, todos siendo devorados por los nervios y por la ansiedad.
—Deje los cuchillos… Deje… los cuchillos —repetía Javier, desconfiando por completo de Cardozo.
—Quítamelos —contestaba el chofer sintiéndose autoritario.
—Esto es ridículo —dijo Malena también molesta—. ¿Qué va hacer con ellos?... ¿Va a matarnos?
—Puede que sí —contestó Erick, sin quitar sus ojos de encima del chofer.
—¿Y si gritamos?... Puede que alguien nos escuche —dijo Andrea rompiendo de nuevo el silencio en el cuarto derecho.
—No seas tonta —contestó Walter.
—¿Qué? —preguntó indignada Andrea.
—Nadie va a escuchar —volvió a decir Walter.
—Esto es una estupidez —dijo de forma repentina otro de los estudiantes.
—Debemos acabar con esto rápido —asintió otro, su amigo y ambos tomaron los cuchillos con rapidez.
—Muchachos… No —dijo Johan sorprendido—. ¿Qué hacen?
—Evitar que nos maten —contestó uno de los que tenían los cuchillos y corrió luego para apuñalar a uno de sus compañeros, mientras que su amigo hacía lo mismo con otro.
La desconfianza se había convertido en demencia, porque el miedo a morir les había descontrolado; ahora, las primeras gotas de sangre habían brotado y su olor despertaría en todos el terror y la desesperación, al tiempo que desde afuera, los dos delincuentes observaban con interés, como asimilando las emociones que emanaban desde los corazones de sus víctimas.
Los dos jóvenes que habían sido heridos, cayeron ante el dolor, retorciéndose en el suelo, en tanto que los demás les miraban atónitos e incrédulos; la muerte se había desatado y solo iba a detenerse, cuando en cada cuarto solo se hallaran dos personas con vida.
—No le diré más —insistía Javier—. Suelte los cuchillos.
—¡Maldito! —gritó Erick lanzándose sobre el chofer, haciendo que Javier reaccionara y le imitara, al igual que otro de sus compañeros.
Cardozo forcejó contra los tres jóvenes y aunque era más adulto, los estudiantes tenían fuerza, en especial Javier quien era deportista. El chofer no pudo resistirse y tuvo que soltar el cuchillo de su mano izquierda, permitiendo que Javier lo tomara, pero no se rindió del todo y tomando más fuerza, empujó a Erick y luego apuñaló al tercer estudiante que le había atacado.

En la estación de policía, el patrullero Arturo Serrano intentaba convencer a su superior mostrándole el mensaje, mientras que otros oficiales se daban cuenta de lo que sucedía e intentaban mirar también el supuesto comic.
—Subteniente, esto no puede ser una broma —decía Arturo mientras que le mostraba las páginas del comic.
—Cuesta creerlo —contestaba el subteniente, mirando con repudio los dibujos.
—Pero… debe ser real —insistía Arturo—. Esos edificios, deben ser reales.
—Lo son —le interrumpió otro de los policías—. Yo los he visto… Esos edificios están en la zona industrial.
—Debemos ir entonces… —volvía a decir Arturo—. Subteniente —pero el subteniente se mantenía en silencio.

—Mocoso —decía Cardozo empuñando con fuerza el cuchillo, al tiempo que miraba con ira a Javier.
—Cuidado —decía Marcela asustada, en tanto que Malena y Erick observaban como su compañero herido se moría.
—¡A ellos! —gritó Walter y se lanzó contra uno de los que tenían los cuchillos.
Johan imitó a su alumno, eran dos contra dos, en tanto que Andrea y la joven restante les miraban sin poder moverse.
Todos manotearon y forcejearon, y entre eso Johan salió herido en su brazo derecho, retrocediendo al verse lastimado, al tiempo que Walter sujetaba las manos de su oponente. En un instante fugaz, Johan volvió a arremeter contra su alumno y esta vez Andrea le ayudó; en su desesperación, el profesor llevó sus manos sobre el cuello del joven, mientras que Andrea intentaba quitarle el cuchillo.
A la vez, el profesor de historia estaba ahorcando a su alumno asesino y Walter estrellaba contra la pared a su amigo, golpeándole con su rodilla en el estomago. El primer muchacho aflojó su mano mientras que Johan le recostaba contra la mesa y su amigo, quien antes tenía el otro cuchillo, era apuñalado por Walter quien le había arrebatado el arma luego de haberle golpeado.
En aquel cuarto, el derecho, todos ya había perdido la razón, aunque la demencia se apaciguó por un instante, luego de que Andrea ensartara el cuchillo en el pecho del joven que Johan ahorcaba, retirándolo luego, respirando de forma brusca, sin poder creer lo que acababa de hacer.
—Iba a matarnos… ¿Cierto? —decía Javier rodeando al chofer, como si estuvieran en un duelo.
—¿Tu no lo harías? —preguntó Cardozo buscando confundirle.
—¡Cállese! —gritó Javier y corrió hacia el chofer para apuñalarlo.
Cardozo levantó el cuchillo e hirió al joven en su hombro izquierdo, pero Javier no se quejó y apuñaló varias veces y con rapidez a su oponente en su estomago.
Erick reaccionó al ver como el chofer se desplomaba sobre Javier y se les acercó con prisa para tomar el cuchillo.
—¿Qué pretendes? —preguntó Javier respirando profundo, luego de que el chofer cayera por completo al suelo.
—No lo sé —contestaba Erick sujetando con fuerza el cuchillo—. Dime tú.
—Solo pueden quedar dos vivos —decía Javier mirando de soslayo a sus cuatro compañeras—. Y solo tú y yo tenemos los cuchillos.

Mientras que los rehenes ya habían empezado a matarse buscando sobrevivir y los dos delincuentes les miraban como estudiándoles y aprendiendo de ellos, los policías de la estación central corrían alistándose, yendo hacia sus patrullas.
—Serrano —decía el subteniente frente a la puerta de la estación—. Queda a cargo suyo.
—Como ordene, señor —contestaba Arturo, para luego correr a una de las dos patrullas que saldrían.

—Entonces —continuaba Javier.
—¿Entonces qué? —preguntaba Erick sin entender.
—Matémoslas —respondía Javier siendo poseído por la ansiedad y por el deseo de sobrevivir.
—¡Maldito! —gritó Malena indignada.
—¡Cállate! —le gritó Javier volteando a mirarla—. No voy a morir por ustedes.
Pero al voltear a mirarla, Javier le dio la espalda a Erick y se confió, y en medio de todo el desespero y el olor de la sangre, la traición era lo que más se inspiraba y Erick no lo pensó y apuñaló a Javier por la espalda, quitándole luego el cuchillo.
—Te confiaste —le dijo a Javier al oído, antes de que lo dejara caer al suelo—. Chicas… —les dijo entonces a sus cuatro compañeras—. Yo no voy a matarlas… Pero tampoco dejare que me maten —dejando el segundo cuchillo al descubierto en su mano izquierda.
—Dame eso —dijo Marcela arrebatándole el cuchillo de su mano.
—¿Marcela? —preguntaba Malena sorprendida, al igual que las otras dos jóvenes.

—Lo lamento —agregó Marcela y de forma repentina Malena creyó ver algo en la mirada de su amiga y se lanzó contra Erick.
No solo Malena traicionó a Erick, sino que las otras dos estudiantes también lo hicieron; las tres intentaron sujetar al joven, esperando que Marcela le matara, pero para sorpresa de ellas, Marcela levantó su cuchillo y lo enterró en el costado de una de ellas, dejando que Erick hiciera lo mismo con otra, quedando solo Malena.
—¿Qué has hecho? —preguntó Malena incrédula, retrocediendo por instinto.
—No lo entenderías —le respondió Marcela, acercándosele, acorralándola contra la pared y ensartando el cuchillo en su abdomen.
—Todo terminó —dijo Johan con alivio, mirando la herida en su brazo.
—No todo —respondió Walter mirando los cuatro cuerpos que estaban en el suelo—. Aún deben morir dos más.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó la otra estudiante.
—¿Vas a matarnos? —preguntó esta vez Johan, sin saber que pensar.
—-Para empezar… profesor —decía Walter mirándole—. Por culpa suya estamos aquí.
—¿Cómo te atreves? —preguntaba el profesor sintiéndose insultado, pensando en matar a este, su alumno.
—Solo buscamos no morir —le interrumpió Andrea, quien se le aproximaba.
—Entonces… ¿Me traicionan? —inquiría Johan a punto de enloquecer.
El profesor quiso lanzarse sobre Andrea, quien estaba más cerca, pero al intentar quitarle el cuchillo fue herido por Walter, quien le apuñalo tres veces por su espalda. Johan cayó rendido al piso, al tiempo que Walter no se contenía y corría sobre su otra compañera, cayéndole encima, rasgándole el pecho con el cuchillo.
—Gracias… —dijo Andrea con dificultad, mirando como su compañera moría.
—De nada… Era mejor ella que estaba desarmada —respondió Walter dejando atónita a Andrea.
La puerta del cuarto se abrió y uno de los delincuentes entró, manteniendo su pistola en su mano.
—Muchas gracias a los dos… —les dijo apuntándoles—. Nos han dado mucha inspiración.

Las dos patrullas de policía atravesaban a gran velocidad las calles y las avenidas de la ciudad, dirigiéndose sin desviarse a la zona industrial, a donde se suponía que estaban los edificios que aparecían en la quinta página del manga.
Al llegar al lugar indicado, vieron entre los edificios, un portón que estaba medio abierto; era idéntico al que estaba dibujado. Arturo y los demás policías bajaron de las patrullas, y se acercaron al lugar con cautela, abriendo el portón y sorprendiéndose al ver el autobús estacionado.
—Es el lugar… —decía Arturo sin poder creerlo—. Era real.
Pero al entrar los oficiales a la fabrica, no encontraron sobrevivientes, solo encontraron en los dos cuartos, sangre y cuerpos tirados, exactamente lo que estaba dibujado en las últimas páginas.

—En las noticias de hoy… Un caso insólito… Un cruel asesinato fue perpetrado en la zona industrial de la ciudad —decía un reportero al presentar las noticias, mientras que el oficial Cornejo veía televisión al almorzar—. Todo un curso de estudiantes, su profesor e incluso el chofer del autobús que les transportaba… Todos fueron asesinados esta mañana cuando iban a una excursión como clase.
—¿Qué rayos? —se preguntaba Juan Carlos al ver la noticia.
—Los cuerpos fueron hallados con heridas de bala y heridas de armas blancas… —decía el reportero—. Los ocho estudiantes que no fueron a la excursión por tener excusa… No pueden creer lo que les ha sucedido a sus compañeros y la increíble suerte que han tenido al no asistir.

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2 Re: Caos el Dom Feb 12, 2012 12:48 pm

Chacalanime

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Hi Valla tu one shot es magnifico me ha impresionado XD ,me recuerda a Saw esta muy bien,sobre si deberias continuarlo o no es decisión tuya,tu nivel de narración es bueno asique espero más obras tuyas Jejeje



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3 Re: Caos el Dom Feb 12, 2012 5:10 pm

Daleksandr

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Gracias, y si claro pondré más cosas ^^

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